¿Por qué los pobres no invierten en I+D?

La (escasa) financiación de la ciencia y, por extensión, de la investigación y desarrollo en España, es un tema que he tratado en varias ocasiones en el blog. Desde aquel informe de la OECD del que se hacía eco Nature en 1972 hasta las diferencias con otros países de nuestro entorno e incluso del impacto de la corrupción en la financiación de la innovación.

(Sí, lo sé, hace más de un año que no actualizo el blog, pero nunca es tarde si la dicha es buena y ya se sabe… ¡año nuevo, vida nueva!)

Hace unos días caía entre mis manos un estudio del Foro Económico Mundial (¡el controvertido Foro de Davos!) sobre porqué los países pobres invierten (¿invertimos?) menos en I+D. Que el gasto en I+D y la riqueza de las naciones (me encanta esta expresión) están íntimamente ligados es algo comúnmente aceptado y no supone ninguna novedad: la innovación, entendida como el proceso de destrucción creativa de Schumpeter, es un ingrediente imprescindible para mejorar la productividad y la competitividad, en particular en la economía global o conectada; y a su vez la innovación requiere, invariablemente, de una mayor o menor inversión y de la movilización de recursos públicos y privados.

El trabajo, firmado por William Maloney y Xavi Cirera, incide en una doble paradoja. Por una parte, los países menos desarrollados son los que deberían obtener un mayor retorno de su inversión en innovación, por reducida que fuera. Por otra parte, y por este mismo motivo, por muy negados que sean los gobernantes de estos países debería saltar a la vista que invertir en innovación es definitivamente rentable. ¿No es así?

Pues no. 

Los países pobres invierten en innovación, proporcionalmente, bastante menos que los ricos, como podemos ver en la Figura 1, que nos muestra la inversión en I+D (en porcentaje del PIB) contra el PIB per cápita.

Pero es que además, cuando invierten tampoco obtienen el retorno esperado en términos de productividad y crecimiento. De hecho, según los autores, este retorno presenta una forma de U invertida: si el eje horizontal de la Figura 2 representa el PIB per cápita normalizado, el retorno de la inversión en innovación efectivamente crece conforme el PIB es menor (¡bingo!) hasta alcanzar un máximo a mitad de eje para bajar luego abruptamente

Inversión en I+D (porcentaje del PIB) vs. PIB per cápita. Fuente: WEF.

 

Retorno de la inversión en I+D vs. PIB per cápita. Fuente: WEF.

¿Qué es lo que está pasando? Probablemente que el retorno de la innovación no depende solo de la inversión realizada, sino también de otros factores: debilidades del tejido industrial, falta de profesionales cualificados, carencias del sistema educativo, dificultad en el acceso al crédito y a mercados internacionales…

La moraleja es que las políticas de innovación deberían diseñarse (e implementarse) teniendo en cuenta todos estos condicionantes externos, y los análisis no deberían limitarse a determinar si el gobierno de turno ha invertido más o menos que el anterior en ciencia e innovación.

¿Cómo sale España en la foto? Como era esperable, bien, siendo una economía moderna y desarrollada. Sería difícil salir mal en una comparativa global, que incluye países en desarrollo y subdesarrollo. Pero también es cierto que otros países de nuestro entorno, como Portugal, obtienen mayor retorno de su inversión en I+D.

Finalmente, me quedo con la intuición de que estos resultados, obtenidos a escala global, probablemente sean extrapolables también a una escala más pequeña, regional e incluso corporativa (¿tiene sentido pedir esfuerzos en I+D a las empresas si no tienen capacidad de absorber sus resultados?). Y también con el convencimiento de que las políticas de ciencia e innovación no pueden ni deben desligarse de las políticas industriales e incluso educativas.